Soy Carolina Fà

acompañante de duelo, muerte, y vida

Mis propias vivencias con la muerte de personas muy queridas me impulsaron a acompañar, de corazón, a otras personas que están atravesando estas situaciones en su vida.
SOBRE MI

Probablemente, este apartado podría ser más serio, tener un punto más profesional, hablarte de mi trayectoria de dos décadas de acompañamiento voluntario o de mi formación como acompañante en duelo.

Pero, para mí, lo más importante es que conozcas mi cercanía, mi autenticidad, y, especialmente, el recorrido que me ha traído hasta aquí.

De pequeña recuerdo que mi vida era de colorines

Y no porque todo haya sido fácil. Tuve un nacimiento complicado, con cuatro vueltas de cordón umbilical alrededor del cuello que me impedían salir. Literalmente, me salvó la vida el médico, al cogerme del brazo y lograr que naciera viva.

Que poco sabía yo en aquel momento que ya estaba recibiendo la lección más grande y maravillosa que podía recibir: la vida y la muerte se dan la mano. El mismo cordón que me dio la vida es el mismo que, sin querer, casi me provoca la muerte. La misma vida que se nos regala es la misma que se nos apaga. Y es que desde el momento en que hay vida, hay muerte.

Recuerdo pasar mis primeros cinco años de vida yendo a rehabilitación diariamente, para trabajar la movilidad de ese brazo. Fue una experiencia temprana en la que ya tuve contacto directo con la muerte y la enfermedad, también a través de las vivencias de mis compañeros y compañeras de rehabilitación.

Crecí en un entorno familiar y escolar muy amoroso, lleno de sensibilidad, creatividad, y con grandes valores; por lo que me he sentido muy libre para estudiar, trabajar, vivir, y practicar todo aquello que he sentido.

Pero no hubiera habido colorines sin la gama de grises y negros, presentándose, de nuevo, de la mano de la enfermedad y de la muerte. Al cumplir los 6 años, mi hermana pequeña de 2 empezó un proceso de cáncer, que nos acompañó a nivel familiar durante cinco años, hasta su recuperación.

Y el mismo pincel oscuro pintó, más recientemente, la muerte de mi padre por un cáncer en el cerebro, que me permitió acompañarle hasta el último aliento. Por el camino pintó muertes por accidentes; muertes repentinas de las que consideras que todavía no tocan, pintó enfermedades degenerativas, muertes por las propias enfermedades, y muertes por envejecimiento. Cada una de ellas dejó una profunda huella en mí.

Viví tantas muertes,
que llegué a vivir con miedo

Miedo de ver quién sería el próximo. Estas muertes hicieron que conociera el sabor de mi tristeza, el sabor de mi rabia, de mi impotencia. Sentí por primera vez el vacío; ese agujero negro que no te deja respirar, sentí lo que era perder mi identidad que se iba detrás de alguien de vital importancia para mí. Sentí desesperación, supe lo que era echar de menos a alguien y enfrentarme al temido nunca más.

Sin darme cuenta, la muerte también me invitó a una gran revolución interior. La muerte, con su gama de grises y negros, fue lo que me enseñó a conectar con la vida y a verla como un lienzo de colorines. De esta manera, mi vida empezó a girar alrededor de la muerte y de la ayuda a las demás personas.

Así, hace veinte años, empecé a ejercitar diferentes voluntariados; desde niños enfermos de cáncer en el Hospital Vall d’Hebron, a Payasos sin Fronteras, pasando por Amics de la Gent Gran, Amnistía Internacional y protectoras.

Mi vida avanzó al ritmo de lo que me dictaba mi corazón, tanto a nivel personal como profesional. Hasta que llegó la gran muerte.

El 14 de septiembre de 2011 murió mi pareja.
Yo tenía 34 años.
Él, 41.

Empecé, sin yo saberlo, el gran proceso de duelo. A los 15 días de su muerte, desesperada y rota por el dolor, llorando a cada hora, sintiéndome perdida y vacía, invadida por una sensación de volverme loca, busqué información sobre el duelo en internet.

Era una tarde que estaba sola en mi trabajo, y las tentaciones de irme definitivamente eran grandes… Pero encontré una gran asociación, la Asociación Aves, y les escribí. A las 24h recibí una llamada que me daba cita inmediatamente.

Fui, me desahogué, y a la semana estaba en un grupo de duelo.

¿Yo en un grupo de duelo?

¿En serio?

No podía creérmelo.

Todavía no entendía qué había pasado, ni por qué estaba allí.

Fue un año muy duro y doloroso

Me rendí a mis emociones para así vivir mi duelo: si tenía que llorar, lloraba. Si no quería salir, no salía. Si quería irme a la cama a las 7 de la tarde así lo hacía.

Pasé noches sin dormir, pasé miedo por mis fuertes deseos de irme con él, sentí mucha rabia por no poder tener aquella vida soñada a su lado, rabia e impotencia por no poder verle nunca más, ese nunca más que también me mataba a base de tristeza.

Sentía una tristeza profunda al mirar nuestras fotos, escuchar su música, ver su ropa, una tristeza al ver que él, su mundo, nuestro mundo, había desaparecido para siempre.

Me sentía muy sola y que apenas nadie me entendía salvo mis compañeros de grupo. Y me sentía pequeña frente a la vida, una vida que ya no tenía sentido, que ya no sentía que fuera para mí. Una vida que me iba grande sin él y que llegué a odiar.

Aunque algo en mi interior me decía:
¿cómo puedes odiar la vida que también te ha hecho conocer a esta maravillosa persona?

El proceso fue lento. Día tras día, minuto a minuto, segundo a segundo -porque la muerte te arrebata cada segundo de tu tiempo y todo gira a su alrededor- hasta que llegó la aceptación de su muerte.

Fue un misterioso clic, doloroso pero amoroso, y un bálsamo a la vez. A partir de ahí, sentí que tenía que volver a aprender a caminar.

Nunca hubiera imaginado poder sonreír de nuevo, volver a sentir ilusión, volver a sentir ganas de experimentar, de viajar, de iniciar proyectos, en definitiva; nunca hubiera imaginado volver a enamorarme de la vida.

Con la ayuda del grupo fui conociendo y aceptando a la nueva Carolina

Una nueva Carolina que incluso se formó en la propia Asociación Aves titulándose en Acompañamiento al duelo, en Acompañamiento al enfermo terminal y a sus familiares, en Pedagogía de la muerte y el duelo en el contexto educativo, y más adelante en el Instituto de Psicoterapia Integrativa Relacional donde actualmente sigue formándose, para acompañar a personas en duelo; actividad que lleva realizando desde hace 8 años.

A través de un acompañamiento de corazón a corazón, mediante sesiones individuales o grupales, acompaño a aquellas personas que han perdido a sus seres queridos; mediante mucha escucha, comprensión, reflexión, y ejercicios vivenciales.

Hoy me siento enamorada de la vida,
y de la muerte también.
Carolina Fà

De nuevo, la muerte se convirtió en mi maestra; por eso le doy las gracias a él y a ella.

A la muerte porque me ha enseñado lo más valioso: vivir.

Y a él porqué si no se hubiera ido jamás me hubiera lanzado a este camino de acompañamiento a las personas en duelo.

Desde ahí puedo acompañar el proceso de duelo y normalizar la gama de grises y negros.

Puedo enseñar a convivir con estas tristes y duras emociones. Enseñar a aceptarlas, abrazarlas.

Atravesar ese dolor tan humano, tan amoroso en el fondo y apreciar la belleza del llanto para luego aprender a vivir con las personas que se han ido.

Aprender a sentir que están en nosotros, que las hacemos vivir cada vez que las nombramos, que las recordamos. Que están en nuestros gestos, en nuestras acciones y que son fuente de inspiración.

Coger su fuerza, la nuestra, y la que nos ha dado su partida, para pintar nuestro nuevo tablero de colorines.

Y amar, agradecer y aprovechar esta única oportunidad de vida, a conciencia y según sintamos, hasta que llegue nuestro momento.

Si necesitas desahogarte, expresarte, decir lo que sientes… hablemos

Te invito a una primera llamada gratuita, donde podrás contarme qué te trae aquí, qué ha pasado, y yo te escucharé sin juzgarte.

Te explicaré cómo podemos seguir y, si así lo deseas, empezaremos el proceso de acompañamiento grupal o individual.

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